Cuando vi el video sobre el síndrome Asperger, me llamó mucho la
atención la naturalidad con la que el primer niño contaba su experiencia, aún
siendo un poco frío. Me sorprendió eso de que su profesora le llamaba “tonto” y
otros insultos, que en contextos como el de la educación, me parecen de todo
menos normales. De la misma manera, me gustó como el chico adulto habló de las
expectativas que tenía frente a la vida: formar una familia, tener una pareja,
ser padre…
Con esto y la lectura, de lo que me doy cuenta es que las personas
que padecen este trastorno tienen muchas dificultades para participar la
sociedad actual, y como respuesta les dejamos fuera de la misma. Y pienso, que
el problema no está tanto en ellos como en los demás, es decir, que ellos les
cuesta de por sí relacionarse con las personas, pero estas tampoco hacen nada
por relacionarse con ellos. Entonces, ante el video, la lectura y las consiguientes
conclusiones, lo que más siento es impotencia de ver cómo estas personas no son
capaces de vivir en sociedad como el resto de las personas y que nadie haga
nada por remediarlo, por ayudarles. Ni siquiera en las aulas, dónde deberían tratarse
igual que al resto y no de manera discriminatoria y, mucho menos, menos
preciando, humillando y en los últimos casos, maltratando. De hecho, en las
aulas, me parece que serían niños con un potencial increíble, ya no por su
inteligencia, sino por poder transmitir todos esos conocimientos a sus
compañeros; de la misma manera, el desarrollo de prácticas dinámicas, favorecería
a que se integrara con el resto de sus compañeros. Pero para eso, lo que
necesitamos verdaderamente, es un cambio: un cambio de mentalidad, de tratar la
diferencia como algo positivo y enriquecedor en las aulas; un cambio en la
manera de trabajar, en el pensamiento de que todos nuestros niños pueden y
deben aprender, aunque cada uno siguiendo su propio ritmo.
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